Ahora, como decía, la piel de la palma de mi mano derecha se vuelve fina, como de papel, y se rompe, haciéndome unas grietas muy dolorosas. Antes de que la piel se rompa hay unas curiosas burbujas llenas de un líquido que hacen que la piel me pique de un modo horrible. Ya sé, desocupado lector, que no ha de ser muy agradable encontrarte esta descripción. Sobre todo si has llegado hasta aquí en tu ociosa sobremesa, antes de volver al duro trabajo. Perdona.
Hoy estoy pasando un día terrible con mi mano derecha. Me pica una barbaridad. Ya no sé qué crema, jabón o aceite echarme para calmar el picor y el dolor. Eso me crea una sensación de desasosiego y angustia que me inquieta y me pone de muy mal humor.
Además, parece que no hago más que cagarla con mis comentarios. Esta semana al menos cuatro personas se han sentido molestas por algo que he dicho o que he hecho. Así que pienso que debería callarme del todo, o mejor, meterme en algún sitio recóndito, donde nadie me encuentre, donde no vea a nadie a quien pueda molestar. Porque ¿qué más me da a mí si se cena o se come? ¿qué me importa si el día 29 o el 30?, en realidad ¿qué interés tengo en tomarme unas copas o no tomármelas? ¿qué más da si se escriben poemas de amor o de amistad, o proverbios chinos sobre la sabiduría? ¿tiene alguna importancia tardar media hora o cinco minutos en llegar a la playa? ¿qué más da todo? y ¿por qué me empeño en discutir, o en sugerir, o en proponer?.
Y finalmente ¿qué tengo que hacer para dejar de estar angustiada, agobiada, triste? ¿qué puedo hacer para que deje de picarme tanto la puñetera mano?