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viernes, abril 24, 2009

Lágrimas

Hoy he tenido un día raro: en la biblioteca hacía mucho calor y los chicos entraban y salían, ciento cincuenta aproximadamente cada hora. Entraban, actuaban, votábamos, salían, entraban, actuaban, votaban, salían... y la calefacción estaba sorprendentemente alta, y yo miraba por la ventana acrobacias brasileñas, vigilando corazones rotos, pies descalzos, temiendo descalabros. 
Un rato para ver hielo seco sublimar, levitar sobre su camita de gas, crepitar en una cuchara, empujar  al oxígeno de una pecera para apagar sucesivamente tres velas, disfrutando de la ciencia, ahora que ya soy, decididamente, una mujer de letras. 
Un mal encuentro en el pasillo, mucha rabia y me he desbordado. Así que he visto cómo me ponía a  llorar, sin poder evitarlo, por algo que normalmente no me afecta hasta ese extremo. Me encolerizaba más no poder parar de llorar que el hecho que aparentemente lo provocaba. Además me he sentido impotente porque nadie entendía que la causa de mi desconsuelo no era el encontronazo, sino alguna tristeza profunda que a veces se me sale. 
Un libro infantil sobre un oso ha terminado por vaciarme de lágrimas (eso creía yo). En un momento he llorado un río (no me acuerdo quién cantaba eso) y me he reído a la vez, emocionada por ver cómo hay quien sí sabe leerme, quién me toca en lo profundo. Y esa gente es la que hace que la vida valga la pena.
Digo que creía que había acabado de llorar, pero erraba. Intento descifrar las pistas de mi amig@ misterios@ (¿no es una cursilada esto de la arroba?) y los ojos se me llenan de lágrimas porque veo tiempos pasados y me parece que refulgen en la distancia.
No olvidaré aquella ilusión: "como a nuestro parecer, cualquier tiempo pasado fue mejor" 

viernes, abril 17, 2009

La oscura red que brilla.

Dicen que Internet es el mejor invento de los últimos siglos: el lugar donde se encuentra todo y donde todos se encuentran. A mí me sigue  sorprendiendo descubrir que hay quien me descubre, me deja misteriosos mensajes en el blog, y se esfuma como vino, amaparado por la oscuridad de la red, despertando posibilidades en mis recuerdos, recuperando posibles veranos o probables primaveras, o, como es el caso, inviernos espero que imposibles .
Aquí dejo el rastro que me has dejado y que me ha provocado sensaciones encontradas. Si vuelves a pasar por aquí fíjate en cómo te recupero y te manifiesto. Manifiéstate tú. O, si quieres, juguemos a las pistas. Me divierte.


Nadie recuerda un invierno tan frío como éste.

Las calles de la ciudad son láminas de hielo.
Las ramas de los árboles están envueltas en fundas de hielo.
Las estrellas tan altas son destellos de hielo.

Helado está también mi corazón,
pero no fue en invierno.
Mi amiga,
mi dulce amiga,
aquella que me amaba,
me dice que ha dejado de quererme.

No recuerdo un invierno tan frío como éste.

Ángel González.

martes, diciembre 16, 2008

El caballero de Olmedo


Raquel me envía un artículo donde aparece esta fotografía y tengo que escribir. Este es Jaime Olmedo, compañero insigne de la facultad. Se me vienen tantas cosas a la cabeza que no sé por donde empezar. Empezaré por contar cómo discutí con él en Literatura catalana tras escuchar su exposición sobre la poesía Salvador Espriu que se convirtió en una lista interminable de estadísticas y números sobre las veces que aparecía en La pell de brau la palabra Sefarad, o la palabra pell o la palabra brau. Le recriminé (dulces 23 años, llenos de inocencia y atrevimiento) que convirtiera la poesía en números, en estadística. Él me espetó a la cara mi torpeza y desconocimiento, llamandome medieval o algo por el estilo, trayendo a colación mi trabajo expuesto anteriormente sobre Tirant lo blanc que trataba sobre todo de la humanidad de los caballeros que retrató Joanot Martorell que se enamoraban, follaban y morían en la cama. Ahora, 15 años después, él sigue empeñado en contar y recontar cosas.
Seguiré por decir que no sé si me asusta más su calva con 38 años, o el hecho de que haya estado en Bolonia (dios, otra vez la chollobeca) o que haya dormido allí en la misma habitación que Nebrija, un tío del siglo XV (¿cómo estaría esa habitación?), o que haya escrito un libro de poesía (habrá contado cuantas veces ha puesto cada palabra, para que le saliera equilibrado), o que se lo haya editado Luis Alberto de Cuenca, o que tenga familia, o que obligue a todos sus trabajadores del macrodiccionario a irse juntos de vacaciones, o, finalmente, que diga esa frase tan ampulosa y apolillada "mandar es servir con excelencia"¿¿¿¿¿??????
Tengo que continuar señalando que hay en mi interior también cierta dosis de envidia al ver cuán lejos llegan mis compañeros de facultad, cómo coordinan obras monstruosas mientras yo me essssstreso por bregar con mis pequeños monstruos a diario.
Pero al menos, a mí no se me notan tanto los 37 como a él los 45 que parece que tiene.

lunes, septiembre 22, 2008

La Facultad

Hoy he vuelto a la facultad, después de más de 10 años. Ha sido para hacer un curso sobre morfosintaxis que parecía un rollo, pero que luego ha resultado ser interesante, por lo menos la primera sesión. Pero lo más emocionante ha sido volver a reencontrarme con el espacio donde estudié la carrera. Sol y yo hemos entrado cogidas del bracete y diciendo, madre mía, madre mía. Todo está igual, los baños tan cutres, la cafetería apestosa, los banquitos donde nos sentábamos a repasar los apuntes de Historia de la Lengua, con sus pelusas eternas en el techo (deben estar allí desde que Raimon dio su famoso concierto en el que cantó Al vent), los bancos de piedra donde Estela "conocía" a su novio de entonces, las aulas donde nos torturaban los profesores, los corchos donde colgaban las notas, el mismo librero, catorce años después, diciendo las mismas cosas... En fin una realidad que permanece a pesar de que ya ha pasado mucho tiempo, y que me ha gustado reencontrar ahora que ya he cumplido el objetivo que me llevó a estudiar Filología: he vuelto al edificio B siendo profesora.